Tuesday, November 22, 2005

Lå çømëtå


Învë§tîgådø®ë§ Lîngüî§tîçø§:Jüån Øçtåvîø Ãlzåmø®å $ååvëd®å - Ðîëgø Ãtø ©ådënå§

1) Presentar un glosario referido a los diferentes sustantivos que se utilizan para designarla en los países del orbe.

1.- ¿ Qué es la lingüistica?

La lingüística es la ciencia que estudia el lenguaje y sus fenómenos asociados.

Lingüista o políglota: Lingüista es una persona que se dedica a la investigación lingüística. Una persona que habla varios idiomas es un políglota.

La Lingüistica, Esta página fue modificada por última vez a las 18:09 19 nov 2005, consultada el 22 de novimebre del 2005, http://es.wikipedia.org/wiki/Lingüista

2.-¿Que es una cometa?

Las cometas nacieron en la antigua China. Se sabe que alrededor del año 1200 a.C. se utilizaban como dispositivo de señalización militar. Los movimientos y los colores de las cometas constituían mensajes que se comunicaban en la distancia entre destacamentos militares.

Armazón plana y muy ligera, por lo común de cañas, sobre la cual se extiende y pega papel o tela; en la parte inferior se le pone una especie de cola formada con cintas o trozos de papel, y, sujeta hacia el medio a un hilo o bramante muy largo, se arroja al aire, que la va elevando, y sirve de diversión a los muchachos.

La cometa, Esta página fue modificada por última vez a las 15:55 22 nov 2005. , consultada el 22 de noviembre del 2005, es.wikipedia.org/wiki/Cometa_(juego)

3.- ¿Cúales son los diferentes sustantivos que se utilizan para designarla en los países del orbe?

Entre los diferentes sustantivos tenemos:

  • La Chiringa


Chiringo, ga:

(De or. amer.).

1. adj. coloq. P. Rico. Pequeño, corto, escaso. Esa prenda le queda chiringa

2. m. Sev. Vaso de aguardiente.

3. m. Hond. andrajo ( pedazo o jirón de tela).

4. f. Cuba y P. Rico. cometa ( armazón plana y ligera).

Ejemplo: Mandar a alguien a empinar chiringas.

1. fr. coloq. Cuba. Despedir, mandar a paseo.

En Puerto Rico y Cuba se le designa a la cometa como Chiringa. Son de remoto origen y fueron usadas por varios pueblos asiáticos y en el antiguo Egipto. Hoy volar chiringas es un pasatiempo popular y un deporte de competición.

En el viejo San Juan, especificamente en el Morro, en la isla de Puerto Rico, anualmente se celebra un festival de chiringas.

Historia de las Chiringas, Proyecto Salón Hogar, consultada el 22 de noviembre del 2005, http://www.proyectosalonhogar.com/El_porque_de_las_cosas/historia_de_las_chiringas.htm

  • La Milocha


Milocha:

(Como miloca).

1. f. cometa ( armazón plana y ligera).

En bolivia a la cometa se le designa como Milocha. Es la denominación torrevejense del juego de la cometa. La milocha o tambien llamada tragón, tiene en su parte inferior un rabo formado a base de tiras de tela fina.

Juegos y canciones de la infancia, por: Francisco Rebollo Ortega, La Milocha, consultada el 22 de noviembre del 2005, http://64.233.161.104/search?q=cache:MY-QUUvsNIkJ:www.torrevieja.com/torrevigia/html/cultura/infos/tradiciones/juegos_canciones.htm+milocha&hl=es

  • Barrilete


Barrilete:

(Del dim. de barril).

1. m. Instrumento grueso de hierro y con forma de un siete, que usan los carpinteros y otros artesanos para asegurar sobre el banco los materiales que labran.

2. m. Cangrejo de mar, decápodo, cuyas pinzas, una de las cuales es mucho mayor que la otra, suelen crecer de nuevo cuando se las arranca.

3. m. Mar. Especie de nudo en forma de barril que se hace en algunos cabos para que no pasen del sitio en que deben quedar firmes o para que sirva de apoyo a un mojel, a una boza o a cosa semejante.

4. m. Mús. Pieza cilíndrica del clarinete más inmediata a la boquilla.

5. m. Arg. cometa (armazón plana y ligera).

6. m. Cuba y Ur. Cometa de forma hexagonal y más alta que ancha.

7. m. Méx. Ayudante de un profesional, aprendiz, especialmente el de los abogados.

En Argentina se le designa a la cometa Barrilete, la cometa —o barrilete en español rioplatense— es un artefacto volador, utilizado habitualmente como juguete infantil, que consiste en un armazón sobre el que se extiende un material ligero como papel, tela o plástico.

El Barrilete, Sacado de www.educar.org, consultada el 22 de noviembre del 2005, http://www.educar.org/inventos/elbarrilete.asp

  • El Volantín


Volantín, na:

1. adj. volante (que vuela).

2. m. Especie de cordel con uno o más anzuelos, que sirve para pescar.

3. m. Pal. balancín (madero al que se enganchan los tirantes de las caballerías).

4. m. O Arg., Chile, Cuba, P. Rico y Ven. cometa (armazón plana y ligera).

5. m. Hond. y Nic. voltereta (en el aire).

Antiguo juego tradicional chileno. El volantín data del año 200 a.de C, tiene como cuna China. Su uso se popularizó de tal forma que el calendario chino le dedicó el noveno mes del año.
En Europa, conocido también como cometa, se popularizó hacia el siglo XII. En España, por ejemplo, se le conoce con nombres tales como, dragón, pandorga, pájaro, cambucho, entre otros.

Hitoria del Volantin, Actualizada el Miércoles 09 de Febrero del año 2005, consultada el 22 de noviembre el 2005, http://www.rie.cl/?a=5058

  • Papalote

Papalote:

(Del nahua papalotl, mariposa).

1. m. Cuba, Hond. y Méx. Cometa de papel.
a empinar ~s.

1. expr. coloq. Cuba. a freír espárragos. ¡Que se vaya a empinar papalotes! Me mandó a empinar papalotes.

hacer un ~ a alguien.

1. fr. coloq. Cuba. Perjudicarlo.

La palabra "Papalote", se utiliza en mexico y es sinonimo de cometa, deriva de la palabra en Nahuatl "papalotl" que significa "Mariposa". papalote en México es un artefacto volador, mas pesado que el aire que vuela gracias a la fuerza del viento y a uno o varios hilos que la mantienen desde tierra en su postura correcta de vuelo, es un tradicional juego infantil, pero tambien ha sido utilizado con fines cientificos por la sencillez de su construcción.
Etimologia de la palabra papalote, Ultima actualización el lunes 14 de noviembre del 2005, consultada el 22 de noviembre del 2005, http://etimologias.dechile.net/?papalote

2) Recopilar, por lo menos, una leyenda o cuento cuyo tema sea la cometa, o crear el respectivo cuento.

Entre los mas destacadas cuentos tenemos:


>>> "La dorada cometa, el plateado viento", por Ray Bradbury.

Transcripción del libro"Las doradas manzanas del sol" Editorial Minotauro, 1996.

-¿La forma de un cerdo?-preguntó el mandarín-.

-La forma de un cerdo-respondió el mensajero y partió-.

-Oh, que mal día en un mal año-exclamó el mandarín-, cuando yo era niño la ciudad de Kwan-Si, del otro lado de la montaña, era muy pequeña. Pero ahora ha crecido tanto que le pondrán una muralla.

-Pero, ¿Por qué una muralla a tres kilómetros de distancia enoja y entristece a mi buen padre?-preguntó serenamente la hija del mandarín-.

-Esa muralla-dijo el mandarín-¡Tiene la forma de un cerdo! ¿No entiendes?, la muralla de nuestra ciudad tiene forma de una naranja. ¡El cerdo nos devorará velozmente!

-Ah.

El mandarín y su hija se quedaron pensando.

La vida estaba llena de presagios. En todas partes acechaban demonios. La muerte nadaba en la humedad de un ojo, el giro de un ala de gaviota significaba lluvia, un abanico sostenido así, la teja de un techo, y sí, hasta la muralla de una ciudad era de enorme importancia. Turistas y viajeros, caravanas de músicos, artistas, al llegar a estas dos ciudades, interpretando los signos dirían:

-"¿Una ciudad con forma de una naranja? ¡No, entraré en la ciudad con forma de cerdo y prosperaré, y comeré y engordaré, y tendré suerte y riquezas!".

El mandarín sollozó.

-¡Todo está perdido!. Estos símbolos y signos me aterrorizan. Vendrán días malos para nuestra ciudad.

-Entonces-dijo la hija-, llama a los mamposteros y los constructores de templos. Yo te hablaré desde detrás de la cortina de seda y tú sabrás que decirles.

El desesperado anciano golpeó las manos.

-¡Oh mamposteros! ¡Oh, constructores de ciudades y palacios!

Los hombres que conocían el mármol y el granito, el ónix y el cuarzo llegaron rápidamente. El mandarín los miró intranquilo, atendiendo al susurro que debía llegar de la cortina de seda, detrás de su trono.

-Os he llamado...-dijo el susurro-.

-Os he llamado-dijo el mandarín-, porque nuestra ciudad tiene forma de una naranja, y la vil ciudad de Kwan-Si tiene ahora la forma de un cerdo voraz.

Los mamposteros gimieron y lloraron. La muerte hizo sonar su bastón en el patio del palacio. La pobreza tosió en las sombras de la antesala.

-Y por lo tanto-dijo el susurro, dijo el mandarín-, vosotros, constructores de murallas, ¡traeréis herramientas y piedras y cambiareis la forma de nuestra ciudad!

Los arquitectos y albañiles abrieron la boca. El mandarín mismo abrió la boca ante lo que había dicho. El susurro susurró. El mandarín siguió diciendo:

-¡Y daréis a las murallas la forma de un garrote que golpeará al cerdo y lo hará huir!

Los mamposteros se incorporaron, gritando. Hasta el mandarín, deleitado ante las palabras que habían salido de su boca, aplaudió descendiendo del trono.

-¡De prisa!-gritó-¡A trabajar!

Cuando se fueron los hombres, sonrientes y animados, el mandarín se volvió cariñosamente hacia la cortina de seda.

-Hija-murmuró-, quiero abrazarte.

No hubo respuesta. El mandarín miró del otro lado de la cortina. Ella se había ido.

Cuánta modestia, pensó el mandarín. Se ha escapado dejándome con el triunfo, como si fuera mío.

Las nuevas corrieron por la ciudad, y todos aclamaron al mandarín. Se llevaron piedras a las murallas. Los fuegos artificiales se dejaron a un lado, y los demonios de la muerte y de la pobreza no se detuvieron allí, pues todos trabajaban juntos. Al terminar el mes, habían cambiado la muralla. Era ahora una gran clava para alejar cerdos, jabalíes y hasta leones. El mandarín dormía todas las noches como un zorro feliz.

-Me gustaría ver al mandarín de Kwan-Si cuando oiga las noticias. ¡Qué pandemonio y qué histeria! Querrá arrojarse de lo alto de una montaña. Un poco más de vino, oh hija que piensa como un hijo.

Pero la alegría es como una flor invernal, muere rápidamente. La misma tarde un mensajero entró corriendo en la sala de audiencias:

-¡Oh mandarín, enfermedades, penas, terremotos, plagas de langostas y pozos de agua envenenada!

El mandarín se estremeció.

La ciudad de Kwan-dijo el mensajero-, si tenia forma de cerdo y que hicimos retroceder transformando nuestras murallas en un poderoso garrote, ha cambiado nuestro triunfo en cenizas. ¡Han construido las murallas de la ciudad como una gran hoguera para quemar nuestro garrote!

El corazón del mandarín se encogió como un fruto otoñal en un viejo árbol.

-¡Oh dioses! Los viajeros nos despreciarán, los comerciantes, al leer los símbolos, darán la espalda al garrote, destruido tan fácilmente, e irán hacia el fuego, que todo lo conquista.

-No-dijo un suspiro como un copo de nieve detrás de la cortina de seda-.

-No-dijo el sorprendido mandarín-.

-Dile a los constructores-dijo el susurro que era como una gota de lluvia-que den a nuestras murallas la forma de un lago brillante.

El mandarín lo dijo en voz alta para gran alivio de su corazón.

-Y con ese lago-dijeron el susurro y el viejo-¡Apagaremos el fuego para siempre!

La alegría ilumino a la ciudad que había sido salvada otra vez por el magnífico Emperador de las Ideas. Corrieron a las murallas y las transformaron otra vez, cantando, no tan alto como antes, por supuesto, pues estaban cansados, y no tan rápidamente, pues como habían tardado un mes en modificar la muralla anterior, habían tenido que abandonar los negocios y las cosechas y estaban un poco mas débiles y eran un poco más pobres.

Desde entonces los días se sucedieron horribles y maravillosos, encerrándose unos en otros como un nido de terribles cajas.

-Oh, emperador-gritó entonces el mensajero-¡Kwan-Si ha cambiado sus murallas, y son ahora una boca que se beberá nuestro lago!

-Entonces-dijo el Emperador de pie, muy cerca de la cortina de seda-, ¡que se transformen nuestros muros en una aguja que coserá esa boca!

-¡Emperador!-dijo el mensajero-¡Transformaron sus murallas en una espada para quebrar nuestra aguja!

El emperador se mantenía en pie agarrándose desesperadamente a la cortina de seda.

-¡Entonces cambiad las piedras, que se transformen en una vaina para guardar la espada!

-¡Misericordia!-lloró el mensajero a la mañana siguiente-Trabajaron toda la noche y transformaron la muralla en un rayo que destruirá la vaina.

La enfermedad se extendió por la ciudad como una jauría de perros salvajes. Las tiendas se cerraron. La población, que había trabajado durante meses interminables cambiando las murallas, se parecía a la muerte misma, entrechocando los blancos huesos como instrumentos musicales en el viento. Empezaron a aparecer funerales en las calles, aunque era pleno verano, y tiempo de cosechar y recoger. El mandarín calló tan enfermo que tuvo que instalar la cama junto a la cortina de seda, y allí estaba, impartiendo miserablemente sus ordenes arquitectónicas. La voz de detrás de la cortina era débil también ahora, y lánguida, como el viento en los aleros.

-Kwan-Si es un águila. Nuestras murallas serán un nido para esa águila. Kwan-Si es un sol que quemará el nido. Construyan una luna para eclipsar el sol.

Como una máquina enmohecida la ciudad empezó a detenerse.

Al fin el susurro tras la cortina rogó:

-En nombre de los dioses.¡Llamar a Kwan-Si!

El último día de verano cuatro hombres hambrientos llevaron al mandarín Kwan-Si, pálido y enfermo, a nuestra ciudad. Otros hombres sostuvieron a los dos mandarines, que se miraron débilmente. Sus alientos aleteaban en sus bocas como vientos invernales. Una voz dijo:

-Terminemos esto.

El viejo asintió.

-Esto no puede seguir-dijo la débil voz-. Nuestra gente no hace otra cosa que cambiar la forma de nuestras ciudades todos los días, todas las horas. No les queda tiempo para cazar, pescar, amar, reverenciar a sus antepasados y los hijos de sus antepasados.

-Así es-dijeron los mandarines de las ciudades de la Jaula, la Luna, la Lanza, el Fuego, la Espada y esto, aquello, y otras cosas.

-Llevadnos a la luz del sol-dijo la voz-.

Transportaron a los viejos bajo el sol y sobre una pequeña loma. Unos pocos niños flacos remontaban cometas en la brisa de los últimos días de verano, cometas del color del sol, las ranas y las hierbas, el color del mar y el color de las monedas y el trigo.

La hija del primer mandarín estaba junto a la cama de su padre.

-Mirad-dijo-.

-No hay más que cometas-dijeron los dos viejos-.

-Pero que es una cometa en el suelo-dijo ella-, nada. ¿Qué necesita para sostenerse y ser hermosa y verdaderamente espiritual?

-¡El viento, por supuesto!-dijeron los otros-.

-¿Y que necesitan el cielo y el viento para ser hermosos?

-Una cometa, por supuesto..., muchas cometas para quebrar la monotonía, la uniformidad del cielo.¡Cometas de colores, que vuelen!.

-Sí-dijo la hija del mandarín-. Tú, Kwan-Si, cambiarás por última vez tu ciudad para que parezca nada más ni menos que el viento. Y nosotros tomaremos la forma de una cometa dorada. El viento hará hermosa a la cometa y la llevará a maravillosas alturas. Y la cometa quebrará la uniformidad de la existencia del viento y le dará sentido. Uno no es nada sin el otro. Juntos todo es cooperación y una larga y prolongada vida.

Los dos mandarines se sintieron tan contentos que comieron por primera vez después de muchos días. Recobraron las fuerzas, se abrazaron y se elogiaron uno a otro, llamando a la hija del mandarín un muchacho, un hombre, una columna de piedra, un guerrero y un verdadero e inolvidable hijo. Casi inmediatamente se separaron a sus ciudades llamando y cantando, débiles pero felices.

Pasó el tiempo y las ciudades se llamaron Ciudad de la Cometa Dorada y la Ciudad del Viento Plateado. Y se cosecharon las cosechas y se atendieron otra vez los negocios, y todos engordaron, y la enfermedad huyó como un jacal asustado. Y todas las noches del año, los habitantes de la Ciudad de la Cometa podían oír el buen viento que los mantenía en el aire. Y los de la Ciudad del Viento podían oír como la cometa cantaba, susurraba, se elevaba y los embellecía.

Así sea.-dijo el mandarín junto a la cortina de seda-.

Fin

>>> "Mi cometa", por Jose David guarín.

Dedicado al señor Tomás Pardo R.

Empiezo por confesar una debilidad. Yo soy hombre a quien se le da un pito para zurcir un articulejo, pero que suda lo que Dios sabe para hacer unos versos de los de ciento al cuarto. Y luego, como me da porque los tales han de ser de lo más suelto y blando posible, pues tanto peor.

Envuelto en mí mismo estaría probablemente hace pocos días bregando en mi escritorio con no sé qué idea o sudando con una sinalefa que pretendía a todo trance endurecerme un verso, y no sé realmente lo que sería de mí, pero el hecho es que me hallaba ausente de todo lo terrenal, excepto del objeto a quien pretendía endere­zarle los versos. ¡Qué diantre! En qué estado de beatitud tan excelente me hallaba, cuando una voz hacia mi es­palda dijo:

-Papacito, ¿me le pone los vientos a mi cometa?

-¡Qué!, dije volviendo a mirar con los ojos saltados y la fisonomía aterradora. El despertar brusco de aquel estado celestial a esta vida, me produjo una impresión nerviosa tal, que me llegó a los pies. El niño quedó so­brecogido al verme, pero yo, soltando la pluma, le tomé la cometa prometiéndole hacer lo que deseaba.

Entonces llegaron todos los recuerdos de mi niñez. La vista de aquel juguete produjo en mí el efecto de una melodía largo tiempo no oída, melodía que estuvo unida a las horas de felicidad muertas ya para el pasado, pero vivas aún para el recuerdo. Sentí en mi alma como el perfume que se empapa en el ala de una brisa y que sin saber de dónde venga ni a dónde vaya a morir, nos trae el recuerdo de otros días en que habíamos respirado la misma esencia al lado de algún ser querido. ¡Qué más perfume que el recuerdo de la niñez!

Todo aquello que recordé durante la operación y en tanto que el niño me hacía observaciones tan acertadas como él creía, según los conocimientos adquiridos ya en aquella materia, es lo que te dedico hoy, querido Tomás; tomándome sí una libertad, y es la de hacerte no sólo Mecenas sino personaje de mi historia.

Es de advertir que con esto hago un grande esfuerzo. Yo no escribiría nunca mi propia historia; hay un cendal que cubre nuestras miserias y nuestras felicidades que repugna levantar uno mismo. Muchos han existido que, haciendo a un lado el pudor, se han presentado desnudos ante el público y ante su propia conciencia. No sé si hayan hecho bien; pero por lo que hace a mí, jamás haré tal desacierto. ¡Qué!, si cuando llamándome a cuentas desciendo algunos peldaños dentro de mi alma, he vuelto tan horrorizado, ¿qué sería si intentase recorrer la historia de una vida que si por algo se ha hecho notable es por la ignorancia de su carrera?

Tú sabes que yo vine huérfano al mundo. ¿Podré de­cirlo así? Cómo no, si cuando mi padre murió, apenas intentaba dar los primeros pasos asido de la falda de mi madre enferma y decadente ya. No muy tarde se fue ella también y entonces quedamos mi hermano menor y yo en el nido sin que nuestras implumes alas aun pudiesen sostenernos en el espacio en que habríamos de vivir. Sa­bes también que nuestro segundo padre lo fue un virtuoso hombre a quien Dios premie; y es en la casa de don Bernardo Pineda, contigua a la tuya, en donde empieza esta mi narración.

Tres tomos de autores selectos, la Gramática griega, el Nebrija, las Platiquillas, el Masústegui, el Arte explicado, la Geografía, un tintero, papel y pluma colmaban una chácara que maldito lo que nos pesaba cuando reunidos en la esquina del Colegio del Rosario y en vía para el de los Jesuitas nos metíamos en el zaguán de la casa de don Agustín de Francisco, o en los portales de los correos para hacer de consuno las oraciones latinas.

En esa chácara faltan los cigarros, el tacón para jugar la golosa, las bolas, el trompo, la ensaladilla contra los patanes, y el medio real en efectivo para gastos extraordi­narios, cosas indispensables, según dijo Saravia; en todo estudiante de aquellos tiempos, dirá cualquiera. Eso sería permitido en los otros colegios, pero no en el de los Je­suitas, en donde la chácara y otras cosas debían estar palpables y visibles en cualquier momento dado, como si fuera la conciencia de uno de sus neófitos. Ahí está Flo­rido, nuestro conserje entonces, sacristán hoy de San Juan de Dios, que diga cuántas veces nos registró hasta las entrañas y nos dio férula hasta en las narices. ¡Qué! To­davía recuerdo que un estudiante, por no quedar convicto y confeso de un crimen cometido con una vieja, se tragó un triquitraque con pólvora y todo (que pudo haberse reventado) antes que permitir que se lo hallaran entre su bolsillo. Aquello habría merecido la expulsión o cuando menos una vapulación docenaria [1] . Entre nosotros el contrabando se guardaba como carta de noticias en tiempo de guerra, ya fuese entre los forros del capote, o de la chaqueta, y cuando era una ensaladilla o pintura en que la figura en primer término la formaba alguna de sus Reverencias (todavía lo escribo con R mayúscula porque me da miedo), entonces el papel se metía entre la funda o los forros del sombrero y a veces entre el escapulario.

¿Tú recuerdas lo que era un jueves en aquella época? El jueves significaba esto: una hora de estudio y otra de clase; lo que dura una misa generalmente pasada en con­templaciones acerca de los planes para lo futuro y ¡afuera todo el día! Una vez en el atrio de San Carlos, nosotros parecíamos una bandada de mariposas viajeras en el mes de junio, o una manada de corderos a los que les alzan los palos de la talanquera cuando el sol ha evaporado el rocío que, como lágrimas de la noche brilla en la fresca y menuda hierba de la dehesa.

Espacio, luz, porvenir brillante y sin la sombra que dejan los desengaños, he aquí la atmósfera en que nada un niño. ¡Al río! ¡Vámonos a Fucha!, era la voz más general en los meses de verano, y he aquí en bandadas a los estudiantes por esos trigos de Dios.

Mucho he voltejeado durante mi peregrinación por este mundo redondo; pero nada de lo que he visto se me ha quedado tan presente como los sitios que pasée en mi niñez. Aquí están, como si los viese ahora, los caminos y sus vallados cubiertos de malezas en donde reventábamos los sapos a pedradas, después de provocarlos, la acequia en donde pescábamos guapuchas, los sauces donde avis­tábamos el nido, los alfandoques de Tres Esquinas, los rosquetes del puente de Santa Catalina, los llanos que pasábamos a volantines y la montada en los terneros; vivo está el recuerdo de la fuga en que nos ponían los abejones cuando nos perseguían porque les habíamos hurgado la colmena para extraer el sabroso alimento que fabrican; y sobre todo el río, el río sobre su lecho de menudas pedrezuelas en unas partes o de arena en otras, jamás se me olvidará. Allá estará todavía el pozo de La Fragua que nosotros veíamos, como ahora consideramos la eternidad, misterioso e insondable.

Hay un hecho que nadie olvidará en su vida y es el día en que por primera vez puede uno sobreaguarse. ¡Oh!, para mí el día en que abandoné las vejigas y pude sostenerme sobre el agua nadando como perro, será im­perecedero. Aquella noche fue un eterno soñar nadando en los espacios a más no poder, y los días que pasaba en el colegio sin ir al río fueron largos como la eternidad de los réprobos.

Vistos hoy con ojo imparcial los grupos de alisos ceni­cientos que bordan a trechos las orillas del río sin rumo­res y casi sin aguas, no se podrá menos de confesar que aquello es melancólico como melancólicas son las exten­sas llanuras sin accidentes y sin más vegetación que la que, como una felpa arrasada por el uso, cubre el suelo siempre igual. Pero, sin embargo, ¡qué de perfume no traen estos recuerdos al alma hoy! Cómo no confesar que

¡Las memorias campestres de la infancia,
tienen siempre el sabor de la inocencia!
Esos recuerdos con olor de helecho
son el idilio de la edad primera,
son la planta parásita del hombre
que, aun seco el árbol, su verdor conservan [2] .

A la fecha de mi cuento ya había yo pasado por esa escala rigurosa de las cometas en que se principia por aquellas que tienen por armazón tres espartos y unos pe­dacitos de cera, por tamaño el primer papel a que se le puede poner la mano, por rabo una tira de trapo y por cuerda un hilo; cometas que tienen por objeto hacer ejer­cicio, pues para que encumbren en las calles hay que co­rrer incesantemente hasta que quedan enredadas en el tejado más alto o en el cerezo del solar vecino. Había pasado también, sabe Dios cómo, de las cometas de miniatura al redondo y pesado pandero y, por último, de­seaba llegar ya a la cometa hecha y derecha y con todas sus consecuencias. Y entro aquí en la historia de todos los sacrificios que hube de hacer y de todas las combi­naciones que puse en planta a fin de conseguir los elementos para tan audaz empresa, atendidas mis fuerzas económicas y rentísticas.

>>> "La cometa que voló muy alto", por Estrella Cardona Gamio.

Ilustración de Estrella Cardona Gamio

Érase una vez una cometa que voló tan alto, tan alto, que llegó hasta el mismo Sol, y el Sol, que se encontraba aburrido como siempre —¡es que resulta de lo más soso estar solo en el cielo viendo eternamente girar y girar a los planetas en torno de uno como si de un tiovivo se tratara!— entreabrió un ojo porque se había medio adormilado, y contempló a la insignificante cometa meciéndose delante de él como una mota de polvo, ¿qué digo una mota de polvo?, ¡menos todavía que una mota de polvo!

—¿Quién eres tú? —preguntó con perplejidad ya que nunca, en sus cuatro mil millones de años de existencia, se le había acercado algo tan diminuto y singular.

—Soy una cometa —replicó ella muy satisfecha de su condición.

—¿Un cometa?... Tú no eres un cometa, yo conozco muy bien a los cometas, parecen estrellas fugaces y son luminosos, tú eres muy rara y además no brillas... O sea, no eres un cometa.

—¡Claro que no soy un cometa! —se enfadó ella—, ¡lo que yo soy es una cometa, que es algo muy diferente!

El Sol se quedó pensativo. «¿Será que me vuelvo viejo y empiezo a confundirme?», se dijo para sus adentros, pero claro, no iba a demostrar que él podía equivocarse y mucho menos frente a una minúscula cosa que decía ser una cometa. Entonces el Sol frunció el ceño y, fingiendo que estaba sumido en hondas e inteligentes reflexiones, preguntó con aires de profesor:

—Veamos, veamos, ¿de dónde vienes una cometa?

La cometa, ligera, construida con papeles de alegre colorido, y con una cola muy larga que flotaba graciosamente escoltándola, chilló:

—¡No soy una cometa, soy una cometa!

—Eso mismo estoy diciendo.

—Bueno —la cometa se hubiera encogido de hombros de haberlos tenido—, da igual, no tengo ganas de discutir... Vengo de la Tierra.

—¿La Tierra?... ¡Ah, sí, el tercer planeta!... ¡Es tan insignificante!...

A la cometa escuchar aquello le sentó bastante mal, porque para ella la Tierra no era insignificante.

—Yo nací en la Tierra y es grande y hermosa.

El Sol la contempló con superioridad.

—No me extraña que digas eso, porque viéndote a ti...

—¿Sabes que por muy Sol que seas eres un grandísimo maleducado? —le replicó la cometa verdaderamente enfadada.

—Naturalmente que soy grandísimo, ¿es que no te has dado cuenta aún de que estás hablando con el Sol? —dijo él vanidoso—, y a mí me está permitido todo, porque sin mí los planetas no tendrían en torno de quien girar, y, pobrecillos, ¿qué iban a hacer entonces?

La cometa, que llevaba pintada una cara muy cómica, le miró enfadadísima.

—Te crees importante, ¿no?

—Lo soy.

—¿Por qué?

—Si yo fuese una maleta, todos los demás planetas de este sistema cabrían dentro de mí, y todavía habría espacio para muchos más, ¿te parece poco?

La cometa frunció el ceño.

—¿Sabes una cosa?

—¿Qué?

—No eres tan grande.

El Sol se irritó mucho y lanzó imponentes llamaradas en todas direcciones menos en una que era en donde se hallaba la cometa, porque si no la hubiese chamuscado.

—¿Cómo que no soy tan grande? ¿Es que eres corta de vista?

—No, no soy corta de vista, al contrario, veo perfectamente.

—¡Pues no se nota!

—Te vuelves a equivocar.

—¡Yo no me equivoco jamás!

Ilustración de Estrella Cardona Gamio

—Eso te lo crees tú.

—¡A ver, demuéstramelo!

—¡Claro que voy a demostrártelo!

—¿Cómo?

—Muy fácil, si en lugar de estarte siempre en el mismo sitio, te dignases visitar a tus vecinos de tanto en tanto, podrías saber muchas cosas.

—¡Yo no puedo ir de visiteo como un vulgar meteorito, ¿por quién me has tomado?!

—Por un necio orgulloso.

El Sol, de amarillo, se puso rojo de indignación.

—¡Eres, eres...!

—Soy una cometa y procedo de la Tierra, esa que tú llamas el tercer planeta con tanto desprecio, y, mira lo que te digo, ¡so vanidoso!, desde la Tierra no se te ve tan grande, en realidad no se te ve nada grande, se te ve pequeñajo, pequeñajo, tan pequeñajo que hasta un satélite como nuestra Luna, ¿sabes de quién hablo?, te puede oscurecer totalmente, y, peor todavía para ti, incluso una pequeña nube puede cubrir tu cara borrándote del cielo... ¿Quieres decirme ahora dónde está esa grandeza que te llena de soberbia?

El Sol estaba bizco de ira, quiso decir algo y no le salieron las palabras; la cometa sonrió burlona.

—Bueno, ¿qué pasa, se te comió la lengua el gato?

—¡Mira que si me apago —consiguió balbucear por fin el Sol con acento amenazador—, si me apago os dejo a oscuras para siempre!

—No lo harás, si te apagaras nadie te vería y eso no ibas a poder soportarlo.

El Sol estaba recobrando su hermoso color amarillo pero seguía enfurruñado ante la insolencia de la pequeña cometa.

—¿Sabes una cosa?, yo no estoy aquí colocado para escuchar tus tonterías precisamente, o sea que déjame tranquilo.

—¡Adiós! —exclamó muy decidida la cometa.

El Sol, que no se esperaba semejante reacción, se mostró la mar de sorprendido.

—¿Cómo adiós, acabas de llegar y ya te vas?

La cometa entonces, empezó a alejarse balanceándose para coger impulso, y sus adornos de papel se agitaron igual que los pañuelos en una despedida.

—¿No me has dicho que te deje tranquilo?

—¡Era una forma de hablar! —exclamó el Sol muy dolido pero ella siguió alejándose mientras le guiñaba un ojo con malicia.

—¡Eh, oye, espera, no te vayas! —rogó el Sol descendiendo de su pedestal de orgullo, y, verdaderamente, fue un enorme esfuerzo el hacerlo.

—¿Para qué voy a quedarme si procedo de un planeta tan insignificante y poco digno de tu interés?

El Sol permaneció un ratito callado, pero luego se rindió sin condiciones.

—Me haces compañía... y me entretienes, ¡es tan triste estar aquí siempre, el centro de todo y más solo que la una!...

—¡Vaya!, así que ahora yo soy el payaso que te divierte, ¿no es eso?

El Sol repuso humilde:

—Perdona, no lo he dicho para ofender, de veras... Quédate un poquito más, por favor...

Ilustración de Estrella Cardona Gamio

¿Qué repuso la cometa al oír aquello? Pues fingió meditarlo durante unos instantes, más que nada para que el Sol no se creyera que sus ruegos eran órdenes, porque visto estaba que el Sol era un mandón, y después, como tenía un corazoncito bueno y compasivo, no se quedó un poco más, sino mucho, mucho, mucho tiempo, tanto que aún está allá arriba, con el Sol, haciéndole compañía.

¿No la habéis visto nunca?

Claro que siendo tan chiquitita, tan chiquitita, no resulta extraño. Ahora no os sintáis defraudados, tampoco ningún astrónomo de la Tierra ha podido descubrirla todavía, y ellos no saben que existe... ¡pero vosotros sí!


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La Dorada Cometa, consultada el 23 de noviembre del 2005, http://www.apocatastasis.com/doradas-manzanas-sol-dorada-cometa-plateado-viendo-bradbury.php

La Cometa, consultada el 23 de noviembre del 2005, http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/euro/andersen/cometa.htm

La Cometa que voló muy alto, consultada el 23 de noviembre del 2005, http://www.badosa.com/bin/obra.pl?id=n138